Adiós, princesa siberiana
Carta de amor a la perfecta compañera que se fue. In memoriam Nikita Ortiz (1996-2008)
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Mi querida Nikita:
Me acuerdo que fue un niño medio gordito el que –una noche de verano de 1996- se me acercó para ofrecerte en venta, metiendo tu cuerpecito esponjoso por la ventanilla de un auto rojo y pacharaco que yo manejaba y al que tú no tenías ninguna gana de subir. Me acuerdo que le entregué feliz el billete de cien dólares que pedía por tu rescate y te acomodé despacito en el asiento del copiloto que, como de costumbre, estaba vacío.
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Por primera vez en tu vida y en la mía, me miraste con esos preciosos ojos azules tuyos en los que tantas veces en estos doce años de dulce compañía encontré tantas respuestas que la gente nunca tenía. En ese momento no imaginaste que acababas de encontrar al hombre de tu vida, que dormiríamos juntos miles de noches, que viviríamos juntos miles de aventuras que nos llevarían hasta los lugares más insospechados, que apareceríamos por todas partes, siempre juntos, juntos hasta en las portadas de las revistas. No imaginaba entonces que a tu lado, abrigado por el peluche de tu amistad, iluminado por tu locura, tu elegancia, tu achoramiento y tu alegría, los días más duros se me harían más facilitos de roer