 Este año se cumplen treinta años del suicidio del poeta peruano Luis Hernández Camarero (1941-1977), un escritor del que nunca nos enseñaron nada en el colegio, pero del que ahora, de repente, todos hablan. Se lo disputan cual si se tratase de un trofeo. Todos lo conocieron, todos fueron sus amigos, todos juran tener en casa un cuaderno suyo, todos poseen la historia verídica de lo que pasó con su vida y con su muerte. Pero Lucho, como siempre, le pertenece -hoy más que nunca- a los jóvenes, a ese creciente ejército de nuevos lectores que-con toda justicia- lo veneran. A esa esperanza de la patria en una patria sin esperanzas. A los jóvenes y a nadie más.
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Enlaces de Interés
Cuadernos de Luis Hernández Colección especial de la Biblioteca de la PUCP
Educared - Literatura Peruana Luis Hernández
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Nervio del Serrato. Nervio del Deltoides. Nervio del Angular. Yo soy quien sospecha, solitario en las noches, que alguien lo ama. Serrato. Deltoides. Angular. Son los nervios de la espalda. A Lucho Hernández le dolía muchísimo la espalda. Y, como era médico, no había necesitado de nadie para acertar con el diagnóstico preciso: cáncer. Un feroz, invencible cangrejo prendido de su columna vertebral. Soy Billy The Kid, ladrón de bancos -decía- y como voy herido por la espalda, sé dónde voy. Luis era médico porque había jurado no tolerar jamás ante sí el sufrimiento. Y poeta exactamente por el mismo motivo. Con plumones Faber Castell (estuche de 20) escribía en cuadernos Minerva de espiral, poemas simples y perfectos. Para no publicar. Para dejar regados por cualquier parte. Para hacer hora. Para no sufrir.
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¡Quién no quisiera ser este libro! Si nos guiamos por la escritura a lápiz de su última página lo compré en marzo de 1988 en trescientos cincuenta que, en realidad, deben haber sido treinta y cinco soles. Recuerdo bien que lo que me convenció de llevármelo conmigo no fueron los poemas (pese a que yo asistía gansamente al Taller de Poesía de la Universidad aún no sabía quién era Lucho Hernández). Tampoco el chuchumeco lila de su portada ni los dibujos animados a plumón ni la sonrisita interbarrios del autor en la contraportada. Lo que realmente me animó a gastarme mis ralos ahorros de redactor chistoso del suplemento “NO!” fue el providencial papel seda de que estaban hechas sus páginas. No lo compré en un arranque lírico de periodista beat con alma quebradiza. No. Lo compré para rolearme centenares de tronchos con él. Esa es la verdad. La primera vez que quise a Luis, lo que quería era fumármelo. (Estoy seguro de que a él le hubiera encantado que lo hiciera). No me lo fumé, sin embargo, porque al abrirlo al azar me topé con unos versos preciosos que jamás he de olvidar: |
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De visión obligatoria. Algunos filmes extraídos del ranking de obras de arte del poeta. El manuscrito –hoy en poder de la Católica- incluye clásicos como “La Naranja Mecánica”, “Me llaman Trinity” y…la Biblia. |
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